jueves, 30 de julio de 2020

Trata de seres humanos y economía de cosificación


aRTÍCULO DE AMPARO DÍAZ RAMOSAbogada especialista en violencia de nero, EDITADO EN pÚBLICO, 30 DE JULIO DE 2020. 


La trata de seres humanos es una esclavitud que afecta a todos los países y que evidencia que los derechos humanos están muy lejos de ser una realidad para muchas personas. Aunque Naciones Unidas trabaja  con los gobiernos para poner fin a la trata y en su  Agenda 2030 incluye entre los objetivos el combate a la trata de personas para lograr un desarrollo sostenible, la trata está integrada en nuestro día a día y ya casi ni nos alarmamos cuando saltan noticias que evidencia la gravedad de esta lacra.

Según el  informe de la oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito  de enero de 2019, la trata de personas con fines de explotación sexual y trabajos forzados continúan siendo las modalidades más detectadas de este delito, siendo mujeres y niñas quienes más la sufren, especialmente la de explotación sexual. Sin embargo, existen también víctimas de trata de personas con fines de mendicidad, matrimonios forzados o fraudulentos, o pornografía. También se destacó en ese documento que las personas más vulnerables son quienes huyen de guerras y persecuciones en sus países de origen.

Las personas víctimas de trata con fines de explotación sexual, mayoritariamente mujeres y niñas de manera abrumadora, se encuentran a menudo en la calle, en bares, clubs y discotecas, en salones de masajes, en centros de producción pornográfica, en agencias de compañía, en pisos de prostitución.  Una parte de ellas son visibles para la ciudadanía o lo son los lugares en los que se las vende. Las personas víctimas de explotación laboral, también mujeres y niñas mayoritariamente pero no con tanta diferencia, se encuentran principalmente en la agricultura, la construcción, la confección, el servicio doméstico, y negocios ilegales como tráfico de armas, de drogas o de órganos. Algunos de esas personas y de esos lugares también son visibles si no miramos hacia otro lado.

Las mujeres y menores que son explotados laboralmente a menudo son además abusados o explotados sexualmente.

Se trata de unas conductas que hieren los derechos humanos hasta tal punto que el impacto sobre nuestra sensibilidad  y nuestra vida cotidiana debería ser demoledor. Y sin embargo no lo es. Apenas   dedicamos tiempo a denunciar  el hecho de que esta pandemia existe no solo porque hay criminales organizados que la coordinan, sino también porque muchas personas, mayoritariamente hombres, están en contacto con los seres humanos explotados y en lugar de denunciar la situación constatada  o la sospecha,  y auxiliar a esas personas, mayoritariamente mujeres y niñas, las usan sexualmente, laboralmente, y de otras formas. Son hombres que están demandado seres humanos para usarlos como objetos y lo hacen con total impunidad.

Vulneraciones tan graves de los derechos humanos cometidas por personas adaptadas a nuestro sistema social solo son posibles cuando nuestra propia economía y sociedad ha implantado en su centro la cosificación de los seres humanos y sobre todo de las mujeres. En teoría  en el marco de la ONU vivimos en democracias donde rigen los derechos humanos. En la práctica vivimos en una economía de cosificación, en la que algunos seres humanos, principalmente hombres, pueden cosificar a otros, y no es casual que mayoritariamente se trate de mujeres y niñas. Una economía que permite que muchos seres humanos se les quite el valor de sus intereses, de sus opiniones, sentimientos, deseos, pensamientos, preferencias, de su identidad. Una economía  que permite que a muchas personas se las reduzca solo cuerpo o solo energía física, y queden convertidas en mercancía de usar y tirar.

No basta con trabajar para acabar con la trata, hay que implementar alternativas a la economía de la cosificación. Se trata de algo posible - ya se están haciendo en muchos colectivos-   si tenemos en cuenta modelos de economías transformadoras, que priorizan la sostenibilidad de la vida sobre la reproducción del capital, y se basan   en la igualdad y dignidad de los seres humanos.

miércoles, 22 de julio de 2020

Cuando “la vital” se hace “in vital”


“La vital” es el apodo que el colectivo gitano de mi pueblo le ha puesto a la prestación de naturaleza económica que el Gobierno aprobó el 1 de junio de 2020. Dicha prestación está dirigida prevenir el riesgo de pobreza y de exclusión social de las personas que viven solas o integradas en una unidad de convivencia, cuando se encuentran en una situación de vulnerabilidad por carecer de recursos económicos suficientes para cubrir sus necesidades básicas.
Sí, es verdad, prevenir el riesgo de pobreza y exclusión social, que antes, durante y después de la crisis de este Covid-19 se encuentran muchas personas, pero no ha logrado prevenir el desfile procesional de pasar de uno a otro despacho para volver a cubrir y fotocopiar otra vez los mismos documentos. Siempre lo mismo, traiga usted el dni, el libro de familia, certificado de empadronamiento, declaración de la renta, el piso que no puede pagar y la hipoteca que le duele más que la pandemia, o el listado de la compra que debe en la tienda de la esquina.
El ingreso mínimo vital representa un alivio, un oasis en el camino desértico de muchas familias, eliminar las colas para coger una bolsa de comida, garbanzos con lentejas para todo el día de la semana, en definitiva, devolverles la dignidad pérdida.
Pero las prisas por sacar esta prestación económica y social no pensó que había que poner en marcha también una infraestructura necesaria para no crear un estrés en las familias y en los propios profesionales que informan, derivan y tramitan. Todo eso está originando un paro burocrático sin precedentes, estamos a finales de julio y el código “Qr” te dice “expediente en estudio”. Pero que estudio ni qué narices, yo lo que necesito es comer.
El IMV (ingreso mínimo vital) está desbordando a la Seguridad Social, entidad que se encarga de este recurso. Pero de rebote también el tsunami llega a los Servicios Sociales Básicos, al que se acercan más de 80% de las personas solicitantes, bien para informarse o para que se les ayude a cubrir la solicitud, así que si éramos pocos parió la abuela.
Un tanto por ciento elevado de población beneficiaria del IMV están ya percibiendo las rentas mínimas de inserción en las diferentes Autonomías, en Castilla y León, la llamada Renta Garantizada de Ciudadanía. Ahora se les obliga a todas esas personas y familias a solicitar en un tiempo récord el IMV, cuando sería más fácil pasar los expedientes directamente al INSS (Instituto de la Seguridad Social).
La última noticia parecía que se podría salir de las turbulencias al decir que las familias con menores percibiendo la prestación por hijo e hija a cargo, ellas no tendrían que solicitar el IMV, se haría de oficio, pues tampoco ha sido así, y son muchas las familias que por fallos informáticos tienen también que rellenar todo el papeleo desde el principio.

Al final nos queda resignarnos y esperar a la misa del gallo de Nochebuena para poder comerlo a la cazuela.  

Samuel N.P.

miércoles, 15 de julio de 2020

El programa "Actívate" contra el acoso y el absentismo escolar de Massamagrell, galardonado por la FEMP


Este concurso, organizado por la Federación Española de Municipios y Provincias, ha concedido siete premios entre proyectos de municipios de menos de 20.000 habitantes de toda España.


Hoy, 9 de julio, a través de videoconferencia, representantes de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) han celebrado la V Jornada de Buenas Prácticas en la prevención e intervención frente al absentismo y acoso escolar. En dicha jornada, se han dado a conocer los municipios ganadores de los galardones entregados por la FEMP, entre los cuales está el programa “Actívate, promoción de la convivencia escolar”, impulsado por la concejalía de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Massamagrell.

La concejala de Servicios Sociales, Nina Sepúlveda, ha declarado: “Agradecemos a la Comisión Evaluadora de la FEMP que haya concedido la distinción a nuestro proyecto, así como al equipo municipal de educadoras sociales por su trabajo en este proyecto y al IES de Massamagrell por su colaboración. Este ambicioso proyecto es fruto de mucho trabajo colectivo y este reconocimiento a nivel nacional es un gran incentivo para continuar dando pasos”.

En palabras del alcalde de Massamagrell, Paco Gómez: “Es un verdadero orgullo recibir un reconocimiento a nivel nacional de tanta importancia como este de la FEMP y, además, teniendo en cuenta la trascendencia del asunto que aborda, ya que la educación es una prioridad para este equipo de gobierno y luchar contra el absentismo y el bullying es un compromiso al que nuestras políticas educativas se obligan”.

Información: www.elperiodic.com

viernes, 10 de julio de 2020

La nueva normalidad en Servicios Sociales


Artículo de Begoña García Álvarez, Socióloga y Trabajadora Social.

Hemos entrado en una nueva fase de relación con el Covid19. Tras el confinamiento, las esencialidades y excepcionalidades, han llegado desconfinamientos, desescaladas y ahora la Nueva Normalidad.
         Esta Nueva Normalidad nos dicen que es el camino de retorno a la antigua de nuestra vida cotidiana pero ahora condicionada a la necesidad de nuevos hábitos y  comportamientos sociales y laborales.   El distanciamiento social,  las medidas de seguridad, protección e higiene serán el marco de nuestras actuaciones. 
         La mayoría de los  profesionales de los  servicios sociales desde el primer momento del confinamiento, hemos estado  realizando  trabajo no presencial, atendiendo a través del hilo telefónico. Han sido  tres meses recibiendo y haciendo llamadas a  nuestros usuarios, valorando sus necesidades, intuyendo lo que albergaban sus silencios y   escuchando los relatos de sus confinamientos con la  nueva modalidad de trabajo bajo el código ERTE, que les  deja  patente su incierto futuro.
         En todo este proceso del camino hacia la Nueva Normalidad a todos nos importa el qué y para qué  pero adquiere gran significado el cómo. Veamos. Pongámonos en la piel de usuario que se acerca al a los servicios sociales, con la obligada mascarilla,  entre alfombras de desinfección y secado, flechas de señalamiento de ida y vuelta ,recibido por una  persona que le toma la  temperatura , le ofrece el gel de desinfección y lo conduce al despacho del profesional que los recibe tras una nueva pantalla, con categoría de mampara , y tras esta visualiza a su trabajador/a  social también con mascarilla dispuesto a explorar las escaladas y desescaladas de su Nueva Normalidad. Y en  las visitas domiciliarias, presentándonos enfundados en batas, mascarillas y guantes, algunos usuarios desconfiados y susceptibles quizás se muestren  más escépticos e inseguros. Otros se acostumbrarán a nuestro nuevo traje y pronto lo verán normal.
         Hay que reconocer que  no es esta Nueva Normalidad, la más idónea para valorar dependencias, exclusiones y vulnerabilidades y que los limites en la relación profesional  se convierten en  obstáculos y símbolo de “anormalidad”, más que de normalidad.
                  Y para ejemplo el del mi primera atención  en la  esta nueva Normalidad. Una mujer  me habla tras su mascarilla, de su depresión, del maltrato psicológico recibido por parte de su ex pareja, de su no denuncia por miedo, del dolor de la mentira, de su presente  en soledad, sin medios económicos, de su  tratamiento psicológico y de su incierto futuro. Pregunta por el trámite de la prestación solicitada. Cuando le comunico la concesión de la misma, veo en una  cara que no conocía hasta ese día, como después de tanta angustia, sus lágrimas empapan la mascarilla que le sirve de dique de contención y la  hace inservible en un momento. “Qué protección tan innecesaria para esta situación “, me digo. Este virus no sabe de sentimientos… La  invito  a que aparte la mascarilla para dejar fluir sus lágrimas sin obstáculos. Cuando lo hace, por primera vez veo por completo una cara que había imaginado distinta en conversaciones telefónicas mantenidas durante el confinamiento. Retirarla  le proporcionó una mayor dosis  de dignidad y libertad y quitar la mía ayudó a hacer  más humana la atención profesional.
         Esta Nueva Normalidad estoy segura que nos obligará en muchas ocasiones como esta a prescindir de las  imprescindibles mascarillas  para ejercer la verdadera normalidad del trabajo social.